El Cerro de los Batallones, la trampa natural que conserva la fauna que habitó la región hace diez millones de años

El yacimiento de Torrejón de Velasco destaca por la abundancia y el excepcional estado de conservación de sus fósiles

Archivo - Ilustración de reconstrucción de Cerro de los Batallones (Madrid) durante el Mioceno
Archivo - Ilustración de reconstrucción de Cerro de los Batallones (Madrid) durante el MiocenoMAURICIO ANTÓN - Archivo

MADRID, 23 Ago. (EUROPA PRESS) -

El actual paisaje del sur de la Comunidad de Madrid poco se parece al que existía hace unos diez millones de años, cuando un gran lago de agua dulce ocupaba la parte central de la cuenca madrileña y extensas praderas servían de hábitat a rinocerontes, mastodontes, jirafas de cuello corto y grandes depredadores con dientes de sable.

El Yacimiento Paleontológico del Cerro de los Batallones, situado en el término municipal de Torrejón de Velasco, entre el valle del río Jarama y la Depresión Prados-Guatén, constituye una ventana excepcional a aquel ecosistema del Mioceno superior.

Considerado uno de los conjuntos paleontológicos más importantes de esta época a nivel mundial, su singularidad reside tanto en la cantidad y variedad de los restos recuperados como en su excelente conservación. Muchos de los huesos apenas sufrieron desplazamientos y algunos aparecieron articulados y en conexión anatómica, incluidos cráneos y otras piezas del esqueleto que habitualmente resultan difíciles de encontrar.

Sin embargo, la característica que más ha llamado la atención de los investigadores es la extraordinaria presencia de animales carnívoros. En Batallones-1, uno de los depósitos que forman el complejo, alrededor del 98 por ciento de los restos fósiles identificados corresponde a carnívoros, mientras que los ungulados son muy escasos. Una proporción opuesta a la que suele observarse en los ecosistemas naturales.

CAVIDADES CONVERTIDAS EN TRAMPAS MORTALES

Según recoge la web de la Comunidad de Madrid dedicada al Patrimonio Cultural, los estudios geológicos y tafonómicos indican que esta acumulación se produjo por la existencia de un sistema de cavidades subterráneas que actuaron como trampas naturales. Las oquedades se habrían originado mediante un proceso conocido como 'piping', 'karst en arcillas' o erosión en túnel.

Este fenómeno comienza con la aparición de pequeñas fisuras en el terreno, que se agrandan progresivamente hasta formar cavidades. Los vertebrados que frecuentaban la zona podían caer o adentrarse en ellas atraídos por la presencia de agua, alimento o restos de otros animales y quedar después atrapados, sin posibilidad de regresar a la superficie.

El estudio integral de Batallones-1 dibuja un escenario en el que los carnívoros accedían de manera individual a estas cavidades, probablemente buscando agua o comida. La escasez de herbívoros sugiere, en cambio, que las trampas resultaban suficientemente visibles como para que estos animales pudieran evitarlas.

Las especiales condiciones ambientales del interior favorecieron la conservación de los restos y explican la elevada concentración de huesos, su escaso desplazamiento y la presencia de esqueletos parcialmente articulados. Apenas se conocen depósitos fósiles formados en un contexto geológico semejante, lo que incrementa el valor científico del Cerro de los Batallones.

DIENTES DE SABLE, PERROS-OSO Y PANDAS ROJOS

Entre los animales más representativos del yacimiento figuran dos tipos de félidos con dientes de sable: Machairodus, de un tamaño similar al de un tigre, y Paramachairodus, comparable a un leopardo.

Junto a ellos vivieron otros félidos, una hiena primitiva parecida a una civeta, conocida como Protictitherium, y un anficiónido, perteneciente al grupo popularmente denominado de los perros-oso por combinar características de ambos animales. También se han localizado restos del oso Indarctos, del Simocyon, emparentado con el panda rojo, y de varios mustélidos.

La lista de grandes herbívoros incluye dos especies de rinocerontes, el mastodonte Tetralophodon y el équido Hipparion, diferente de los caballos y cebras actuales por conservar dedos laterales en sus extremidades.

También habitaban estas praderas varios rumiantes, entre ellos los mósquidos o ciervos almizcleros Micromeryx e Hispanomeryx, antílopes, ciervos y un sivaterino, una jirafa de cuello corto dotada de grandes apéndices craneales denominados osiconos.

UNA REGIÓN MÁS CÁLIDA Y HÚMEDA

Según explica el Ejecutivo autonómico, la diversidad de especies encontrada solo puede explicarse en un contexto climático muy diferente al actual. Hace alrededor de nueve millones de años estaba concluyendo uno de los periodos de mayor bonanza climática de los últimos 25 millones de años de la historia geológica de la península ibérica.

El clima era entonces más cálido y húmedo y en el sur de la actual región madrileña se extendían amplias praderas capaces de sostener poblaciones de grandes herbívoros. En este entorno también vivían las grandes tortugas terrestres características del Mioceno.

El registro fósil se completa con numerosos mamíferos pequeños y medianos. Se han identificado hámsteres, ratones, ardillas terrestres, lirones, castores y Prolagus, un tipo de pika. Entre los insectívoros aparecen erizos y musarañas, mientras que las aves están representadas principalmente por rapaces del grupo de los buitres.

Los investigadores han recuperado igualmente una herpetofauna variada y restos de peces en algunos de los depósitos, como Batallones-1 y Batallones-2, una evidencia adicional de las condiciones ambientales que existían entonces en la cuenca de Madrid.

Por la variedad de especies, la abundancia de carnívoros y las excepcionales condiciones de conservación, el Cerro de los Batallones se ha convertido en una referencia para estudiar la evolución geológica de la cuenca madrileña y reconstruir una pequeña pero extraordinaria porción de la vida en la península ibérica hace millones de años.